Y las gárgolas te miran, sobrevuelan la ciudad.
Los mojones del camino con su ambigua cicatriz
van marcando el fuselaje, descascarando el barniz.
La distancia es un oasis, una forma de mentir.
Jorge Drexler, Equipaje
Las canciones de Jorge Drexler poseen una inigualable riqueza de sentido. Política, amor, dolor, economía, cultura, odio, guerra; una lista interminable de temáticas abordadas con una perspicacia y sensibilidad que muy pocos amantes del ambiguo y peligroso arte de la vida -en el pleno sentido de la frase- pueden lograr.
Crítico con los férreos nacionalismos y denunciante de sus atrocidades, Drexler pone a la luz la porosidad de las fronteras que delimitan el mundo, pero de una forma paradójica: ellas no sólo demarcan sino que fisuran las pertenencias, lo dado, lo instituido. Hoy día no podemos hablar de identidades homogéneas y cerradas en sí mismas (en realidad, ¿acaso no fue siempre así?). Lo propio, lo nuestro, se torna difuso, cual espejo opaco, tras las idas y vueltas de los laberintos transfronterizos.
Hijo de inmigrantes rusos casado en Argentina con una pintora judía,se casa por segunda vez con una princesa africana en Méjico.(Disneylandia)
Las fronteras nos atraviesan. Surcan nuestra identidad, simplemente imaginaria -aunque no por ello inexistentes-, para hacerla un bricolage advenedizo. La pregunta por lo que somos, de dónde venimos, se torna algo lejano. Historias cruzadas, lugares, orígenes y fines heterogéneos, construyen raíces casi más extensas que el tronco del árbol que nos define. Nuestras pertenencias se mueven. Somos de allá, pero ya no más. Somos de acá, pero no sabemos por cuánto. Algo es seguro: seremos distintos de lo que somos ahora. Lo que soy es solo un pequeño espacio, un destello de la luz de la Vida, un paso de apoyo como salto hacia otra dimensión. Espacios, luces y dimensiones que no son lejanas sino que están aquí, en nosotros, con nosotros, al frente y atrás, a la derecha y a la izquierda, allá y acá.
Yo no sé de dónde soy,mi casa está en la fronteraY las fronteras se mueven,como las banderas.Mi patria es un rinconcito,el canto de una cigarra.(Frontera)
Quedarse en un lugar, tomarlo como único, es hacerlo absoluto. Ya conocemos el horror de los destinos manifiestos y la crueldad de la raza superior. Un lugar fijo, sin movimiento, sin confesión de fronteras que lo abren, es la constitución de una falsa verdad que niega toda contingencia, toda complejidad (palabra amada por Drexler). Verdad que se impone tras impulsar el único mecanismo de su sobrevivencia: la violencia. La violencia del odio, de la sangre derramada, del egoísmo, de la anulación del otro.
Que el mundo está como estápor causa de las certezasLa guerra y la vanidadcomen en la misma mesa(Frontera)
El movimiento atraviesa a todo ser viviente. Y éste no sería posible si no fuera por las fronteras. Pero como ya dijimos: fronteras que no solo demarcan sino que muestran un horizonte difuso pero presente, que proyectan hacia el infinito, hacia lo desconocido que también nos habita. Presencia que es real, aunque está oculta. Se va develando al caminante, pero sólo al dar sus pasos. Así son las verdades que marcan el camino: guías cortas, pasajeras, que nos muestran las grandezas por delante.
No tengo muchas verdades,prefiero no dar consejos.Cada cual por su camino,igual va a aprender de viejo.(Frontera)
Somos seres de las fronteras. No las usemos como trincheras de defensa sino como senderos hacia nuevos universos. Mundos llenos de colores, de formas vivas y radiantes, que arrojan luz para que veamos que nuestro “círculo de confianza” no es más que un grano de arena en medio del mar. Caminemos por la densidad infinita de la frontera, de puntillas por la cornisa. Del otro lado estás. Allí estaré.
Clavo mi remo en el aguaLlevo tu remo en el míoCreo que he visto una luz al otro lado del río(Al otro lado del río)


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