Sobre lo relativo y la nada


No pretendo hacer ninguna disquisición sobre Einstein. Más bien, me propongo arrojar algunos pensamientos sobre la idea en torno a “ser relativista” (sí, lo confieso: título que me he ganado repetidas veces por mi forma de pensar y actuar). Existe una idea generalizada, y es que ser relativista significa no creer en nada. Los depositarios de tal epíteto, son personas mayormente definidas como cuestionantes de absolutamente todo, sin fundamentos morales definidos y propensos a la carencia de algún camino que defina su lugar particular.

Todo esto que hemos descrito conlleva como efecto un sentimiento de temor y peligro frente al cuestionamiento de aquello que dibuja el curso de nuestro peregrinaje. No tanto del contenido del camino (ya que muchas veces encontramos discursos antagónicos que responden a la misma manera de entender el funcionamiento o lógica del sendero que escogen), sino de la forma de comprenderlo, construirlo y ubicarlo en nuestra historia. El relativismo carcome las bases más preciadas de aquellas acciones y palabras que fundamentan nuestra seguridad. Somos deudores, al menos en occidente, de una forma lineal de ver la vida y la historia, que enfila teleológicamente nuestros deseos, vocaciones, pensamientos e ideas, visión que no resiste contingencia alguna. La noción de progreso se ha encarnado en los filamentos más profundos de la constitución del goce. Hemos construido una manera hermética de comprender los procesos de cambio, los cuales deben realizarse en tanto movimientos pero encarrilados en vías rígidas y seguras. “No sea que…”

Es así que se produce el “efecto rebote”: cuestionar lo definido como seguro, fundamental, eterno, natural, es pararse sobre la nada. Pero hete aquí la falacia que me gustaría resaltar: no puede existir relativismo en la nada, ya que se es relativo en la medida en que existan formas, caminos, maneras, segmentaciones, discursos, que insten de ser cuestionados. Es casi una perogrullada afirmar que como personas podemos posarnos en un sin sentido absoluto, por la simple razón de que poseemos un lenguaje, de que convivimos en un entorno social del cual heredamos una historia, de que tenemos creencias que nos motivan a existir.

En otras palabras, es una falacia porque siempre relativizamos desde un lugar particular como sujetos. Lugar que dista de ser limitado, único, homogéneo; más bien, es en sí mismo heterogéneo y construido por innumerables elementos. Pero es “lugar” al fin. Además, lugar que se encuentra junto a otros lugares, que representan a su vez percepciones diversas de la realidad. Aquí el “doble juego” de los lugares: por un lado, inscripción de una particularidad; por otro, evidencia de la pluralidad. En definitiva, la idea de la “nada total relativa” es, más bien, un prejuicio construido frente al miedo a la crítica, al cuestionamiento del irreal pensamiento único, al reconocimiento de la heterogeneidad que nos compone como seres humanos y grupos sociales.

Por ello, hay que entender que ser relativista no significa un salto al vacío total sino reconocer las fisuras de los caminos asumidos, que no dejan de ser tales –en tanto pasadizos que nos mantienen de pie y en movimiento-, pero que no están constituidos de formas homogéneas y únicas. Ser relativista no implica ver la roca y el abismo como dos instancias antagónicas que se contraponen una a la otra, sino comprender las formas de vida como senderos de arena, que poseen una consistencia que lo define pero cuya composición está hecha de innumerables partículas con microscópicos filamentos de aire entre una y otra que permiten moldearlo, cambiarlo de forma y redireccionarlo hacia cauces infinitos. Es el vacío que permite ser llenado y así crear nuevas formas.

En este caso, como dirían algunos filósofos, el vacío –que no es lo mismo que la nada- es lo que compone y es parte intrínseca de cualquier constitución (identitaria, social, cultural, política, moral, religiosa, ideológica, etc.), el cual abre a la maleabilidad, transformación y cambio de todo lo que se pretende determinado. Un vacío que se presenta como la pregunta por la posibilidad de la diferencia, que atraviesa todo lo dado. Un vacío que sustenta la innumerable cantidad de caminos y opciones posibles. Un vacío que, en su ausencia, daría lugar a la “solidez” de una base que impediría lo diverso o el cambio.

De aquí que no temo decir que soy relativista. No como alguien que cuestiona por cuestionar, ni que descree en la posibilidad de construir opciones pasajeras. Nadie puede negar la realidad de tener puntos de vista, de poseer una historia, de comunicarse a través de un lenguaje que lo circunscribe en su forma de describir y construir la realidad, de estar atravesado por circunstancias puntuales y específicas que lo “nombran” de formas determinadas.

Pero es precisamente desde el reconocimiento de esta cantidad de factores que nos constituyen, que no podemos correr el riesgo de fosilizar nuestro andar. Relativizar no es carecer de creencias sino abrirnos a la posibilidad de su cambio. Relativizar es comprender que nuestra existencia es demasiado rica y compleja como para limitarla de forma cercenante o sólo desde nuestra percepción. Relativizar significa posarnos, caminar, construir, proponer, pero sabiendo que la vida y la historia son instancias pinceladas de tensiones y bifurcaciones que nos pueden llevar por doquier. Relativizar es dar lugar al otro/a en tanto voz que se encuentra en las mismas posibilidades de ser que la mía.

En esto último encontramos la relación entre relativismo y justicia, dos puntos que suelen mostrarse antagónicos. Se lucha por la justicia en la medida que se reconoce el mismo nivel de igualdad, de existencia, de expresión, de capacidad, de vida, del otro/a, de su contexto, de su lugar. La justicia no es un marco legal, ideológico o discursivo único, que se impone “por el bien de los demás”. Es, más bien, la apertura de un espacio de reconocimiento de la diferencia que permite, promueve y lucha por la existencia de los otros –de todos/as- en la plenitud de su presencia (social, legal, corporal, material, discursiva). Para que ello suceda, se requiere relativizar lo absoluto de mi lugar, como también del lugar del otro.

La seguridad sin goce produce un temor con aroma a muerte. Pero hay un “miedo sano” que provoca la persistente posibilidad de ser distinto –cuyo origen se encuentra en el temor de que no todo está bajo nuestro control-, que en lugar de encerrarnos y paralizarnos, nos puede impulsar a encontrar nuevos nombres a nuestros peregrinajes, según el momento, la necesidad, el deseo, la carencia, el movimiento.

Jorge Drexler y la densidad de las fronteras


Y las gárgolas te miran, sobrevuelan la ciudad.
Los mojones del camino con su ambigua cicatriz
van marcando el fuselaje, descascarando el barniz.
La distancia es un oasis, una forma de mentir.
Jorge Drexler, Equipaje

Las canciones de Jorge Drexler poseen una inigualable riqueza de sentido. Política, amor, dolor, economía, cultura, odio, guerra; una lista interminable de temáticas abordadas con una perspicacia y sensibilidad que muy pocos amantes del ambiguo y peligroso arte de la vida -en el pleno sentido de la frase- pueden lograr.

Crítico con los férreos nacionalismos y denunciante de sus atrocidades, Drexler pone a la luz la porosidad de las fronteras que delimitan el mundo, pero de una forma paradójica: ellas no sólo demarcan sino que fisuran las pertenencias, lo dado, lo instituido. Hoy día no podemos hablar de identidades homogéneas y cerradas en sí mismas (en realidad, ¿acaso no fue siempre así?). Lo propio, lo nuestro, se torna difuso, cual espejo opaco, tras las idas y vueltas de los laberintos transfronterizos.

Hijo de inmigrantes rusos casado en Argentina con una pintora judía,
se casa por segunda vez con una princesa africana en Méjico.
(Disneylandia)

Las fronteras nos atraviesan. Surcan nuestra identidad, simplemente imaginaria -aunque no por ello inexistentes-, para hacerla un bricolage advenedizo. La pregunta por lo que somos, de dónde venimos, se torna algo lejano. Historias cruzadas, lugares, orígenes y fines heterogéneos, construyen raíces casi más extensas que el tronco del árbol que nos define. Nuestras pertenencias se mueven. Somos de allá, pero ya no más. Somos de acá, pero no sabemos por cuánto. Algo es seguro: seremos distintos de lo que somos ahora. Lo que soy es solo un pequeño espacio, un destello de la luz de la Vida, un paso de apoyo como salto hacia otra dimensión. Espacios, luces y dimensiones que no son lejanas sino que están aquí, en nosotros, con nosotros, al frente y atrás, a la derecha y a la izquierda, allá y acá.

Yo no sé de dónde soy,
mi casa está en la frontera
Y las fronteras se mueven,
como las banderas.
Mi patria es un rinconcito,
el canto de una cigarra.
(Frontera)

Quedarse en un lugar, tomarlo como único, es hacerlo absoluto. Ya conocemos el horror de los destinos manifiestos y la crueldad de la raza superior. Un lugar fijo, sin movimiento, sin confesión de fronteras que lo abren, es la constitución de una falsa verdad que niega toda contingencia, toda complejidad (palabra amada por Drexler). Verdad que se impone tras impulsar el único mecanismo de su sobrevivencia: la violencia. La violencia del odio, de la sangre derramada, del egoísmo, de la anulación del otro.

Que el mundo está como está
por causa de las certezas
La guerra y la vanidad
comen en la misma mesa
(Frontera)

El movimiento atraviesa a todo ser viviente. Y éste no sería posible si no fuera por las fronteras. Pero como ya dijimos: fronteras que no solo demarcan sino que muestran un horizonte difuso pero presente, que proyectan hacia el infinito, hacia lo desconocido que también nos habita. Presencia que es real, aunque está oculta. Se va develando al caminante, pero sólo al dar sus pasos. Así son las verdades que marcan el camino: guías cortas, pasajeras, que nos muestran las grandezas por delante.

No tengo muchas verdades,
prefiero no dar consejos.
Cada cual por su camino,
igual va a aprender de viejo.
(Frontera)

Somos seres de las fronteras. No las usemos como trincheras de defensa sino como senderos hacia nuevos universos. Mundos llenos de colores, de formas vivas y radiantes, que arrojan luz para que veamos que nuestro “círculo de confianza” no es más que un grano de arena en medio del mar. Caminemos por la densidad infinita de la frontera, de puntillas por la cornisa. Del otro lado estás. Allí estaré.

Clavo mi remo en el agua
Llevo tu remo en el mío
Creo que he visto una luz al otro lado del río
(Al otro lado del río)

Dios, el vacío y el amor

…quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó [se vació] voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Fil. 2.6-7

Como creyentes, no podemos evitar que nuestras prácticas, acciones, representaciones y gestos tengan directa relación con la manera en que entendemos y definimos lo divino. La visión de un Dios severo o amable, amoroso o juzgador, tendrá directa repercusión con las formas en que actuamos dentro de la realidad.

Esto nos lleva a un punto de partida central, que puede sonar a perogrullada: existen distintas formas de definir a Dios. Ellas resultan de nuestras experiencias en torno al encuentro que tenemos con lo divino, donde emergen imágenes, símbolos y nombres varios. No hay otra manera de conocerle sino a través de aquellas vivencias que tenemos desde su acción en la historia. Dios bueno, Padre/Madre, amor, sabiduría, solidaridad, etc., son todas imágenes que refieren a una relación, las cuales, a su vez, nunca agotan la definición de la divinidad. Las maneras de ver y describir a Dios van cambiando según los encuentros y las vivencias que tenemos desde la fe.

¿Qué nos dice esta dinámica de la persona de Dios? ¿Qué implicancia tiene para nuestras vidas como creyentes esa tensión entre lo que Dios es y lo que decimos que es?

El vacío de Dios

El pasaje de Filipenses 2 nos muestra una imagen muy valiosa: el Dios que se vació a sí mismo, dejando su posición de poder y gloria, el lugar de verdad absoluta. Lo divino no se presenta como una abstracción objetivante sino como una verdad que camina, que se encuentra en constante movimiento y que se va mostrando de diversas maneras. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dice Jesús (Jn 14, 6-14). Esta unión entre el camino y la verdad nos muestra que esta última dista de ser un objeto acabado; es, más bien, un universo de sentido que se manifiesta poco a poco, de diversas maneras, en relación a nuestras vivencias más concretas.

Dios en tanto verdad decidió manifestarse desde dicho proceso, en el paso a paso con nosotros y nosotras, asumiendo las experiencias concretas que emergen de esos encuentros, como instancias que lo definen, describen y nominan. De aquí que la verdad no es un discurso o un objeto del que se puede apropiar, como una mercancía que da un poder especial a quien la posea. Más bien, es un proceso que se muestra de diversas maneras, en una pluralidad de experiencias infinitas; en otras palabras, lo infinito es lo que define la misma persona divina. Es el paso a paso de nuestro caminar con Jesús.

El Dios que se vacía es el Dios que se abre a lo Otro, a lo distinto. Dios decide revelarse a través de las imágenes que creamos desde nuestro encuentro con su acción en la historia. No se revela de forma única y acabada. Más bien, asume el riesgo y la complejidad del encuentro con la humanidad para darse a conocer, así como Jesús confió a los discípulos ante aquella famosa pregunta: “¿Eres tú aquél que había de venir, ó esperaremos á otro?”. “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven”, les contestó (Mateo 11.3-4).

En este sentido, es importante enfatizar sobre la trascendencia de Dios, pero no como un “más allá” de la historia sino como aquella comprensión donde lo divino se mantiene siempre abierto, en constante tensión con las imágenes que creamos en su encuentro y que intentan definirlo, aunque nunca logran acabarlo en su serie finita de descripciones. Lutero hablaba del “Dios oculto” que se manifiesta en la naturaleza, pero que nunca se muestra acabadamente. Se mantiene en reserva, en misterio, asomado pero escondido. Siempre es más de lo que intentemos decir.

Esta visión tiene profundas consecuencias. Implica, por ejemplo, un cuestionamiento a las prácticas de poder y egocentrismos fundamentadas en una visión cerrada de Dios (tomado, a su vez, como un objeto adueñado). Si Dios es trascendente, nunca le conoceremos plenamente. Por ende, no podemos absolutizar nuestros discursos o prácticas a la luz de un fundamento teológico acabado en sí mismo. Nuestra vida, nuestra fe, nuestra historia, se abren en la medida en que Dios trasciende sus límites y se revela a través de su dinámica, presente en nuestra historia pero siempre más allá de sus formas.

Dios se vacía para hacerse cuerpo. Este pasaje se ha utilizado mucho para hablar del concepto de “encarnación”, especialmente desde una perspectiva misionológica: nosotros/as debemos encarnarnos en la realidad así como Dios mismo lo hizo a través de Jesús. Pero esto –que es también una imagen, y de por si válida-, corre el peligro de restringir la comprensión de lo corporal a una perspectiva pragmática, si entendemos la encarnación únicamente desde la acción misional del creyente. Este pasaje –o, mejor dicho, ese vaciamiento- va aún más allá: Dios valora el cuerpo como espacio de revelación. Así lo hizo con sus caminatas, sus enojos, sus risas, con sus reflexiones y sus abrazos. Por ello, la manera en que Dios se manifiesta asume la realidad más concreta. No lo hace a través de dogmas, de ideas, de experiencias supranaturales; o tal vez sí, pero ninguna de ellas escapa del cuerpo, el cual representa ese espacio cuyo simple movimiento puede cambiar el curso de la vida y la estabilidad de lo dado.

El pasaje de Filipenses se imprime en un llamado al amor cristiano. ¿Qué significa, entonces, decir que “Dios es amor” desde estas imágenes? Desde lo que infieren estos versículos, podríamos hablar del amor de Dios como aquel que deja los lugares de poder, que se abre al otro, a lo nuevo, a lo novedoso, a lo distinto, y que se muestra desde la complejidad del cuerpo. Esto cuestiona aquellas visiones románticas, abstractas e idealistas (de Dios, del prójimo). ¿Qué implica abrirme al otro? ¿Qué debo asumir y aceptar? Dios es amor al no imponerse como soberano sino al dar libertad para conocerle, a confiar en la acción de los sujetos por sobre cualquier principio, fundamento o acción determinada a priori. Dios es amor al decidir manifestarse en la historia, promoviendo así la creatividad humana para revelarse. Dios es amor al hacerse cuerpo, proyectando cada una de sus capacidades.

En resumen, es el Dios que decide mostrarse en el camino, que se vació de sí mismo y no quiso mostrarse en lo alto, en una abstracción, de una manera finiquitada. Decidió hacerlo en el paso a paso, a través de las experiencias de encuentro más concretas, más vivenciales, más corporales.

El vacío y el amor

¿Vaciamiento implica que no hay nada concreto donde posarnos? No. Más bien, significa asumir que nuestros lugares pueden cambiar. Que siempre hay un otro/a a nuestro lado, que existen otras maneras de ver y vivir a Dios, que hay otras imágenes, otros encuentros, otras realidades, otras opciones, que dan ópticas diversas sobre lo divino. Dios mismo “dejo su lugar” de gloria, para abrirse a nuestra historia. ¿Cuánto más tendríamos que hacerlo nosotros/as?

Debemos abrirnos a lo distinto, aprender a bajarnos de nuestro lugar de poder, de verdad y de razón absolutas para aprender a amar. Las imágenes de Dios también implican una manera de ver la historia. Por ello, deberíamos aprender a verla desde la trascendencia de Dios; o sea, como una realidad que puede ser más de lo que es. La historia no está dada de una vez y para siempre. Tampoco los dogmas, las doctrinas, las interpretaciones bíblicas. Ella cambia constantemente en su posibilidad de ser algo distinto de sí. Esto nos permitirá construir relaciones en formas diversas, sin cercenamientos ni parcelas sino aceptando inclusivamente lo distinto. Dios es la verdad, pero nunca podremos conocerla plenamente. De la misma manera con nuestro prójimo: no somos poseedores de una verdad que el otro/a carece sino que todos/as la vemos y vivimos parcialmente. Esto nos llama a abrirnos a nosotros mismos y al otro/a.

Por eso es central la recomendación de Pablo de andar con “temor y temblor” (Fil. 2.12). Esto no significa transitar con miedo, sino con una actitud de pregunta y duda constantes sobre dónde estamos posicionados. Es la actitud de humildad a la que llama el apóstol (Fil. 2.3). Cuando uno carece de miedo, es porque se cree autosuficiente. Esto es, precisamente, temer a Dios: no tenerle miedo, sino saber que su realidad, su amor, su acción, su persona, siempre están más allá de lo que nosotros/as hacemos y creemos. Esta actitud nos permite cuestionarnos a nosotros mismos y abrirnos a lo distinto.

De la misma manera, el amor tiene que estar impreso en el cuerpo. No tiene que ver con actitudes de beneficencia, decorados discursos o romanticismos vacíos. El amor es abrazo, es caricia, es sentir a flor de piel. Si algo arruina nuestro cuerpo, es aquello que lo encierra, que le impide la apertura de su creatividad, de su movimiento, de sus pluriformes manifestaciones. Fomentar el afecto como algo central de nuestra fe significa poner en segundo lugar aquellas barreras, preconceptos, ideales, moralinas, que impiden estos movimientos que nos abren al prójimo y a los variados caminos de la historia.

Vaciarnos a nosotros mismos es abrirnos a la grandeza de la vida que Dios nos regaló. Es abrirnos a la inmensidad de Dios mismo, a la sorpresa de lo nuevo que aparece tras encontrarnos con el otro/a. Amor es apertura infinita. Y no hay muestra mayor que Dios mismo, que se vació a sí mismo para abrirse a la misma humanidad, al amor de aquellos y aquellas que rodeaban a Jesús.

Vivamos la fe de esta manera: posados en las certezas, pero siempre viendo más allá, apoyados en que las cosas pueden ser distintas, en que el otro/a nos puede sorprender. Dejemos nuestros lugares de poder, de seguridad, las torres y fortalezas que nos construimos y desde donde miramos el mundo, desde arriba, por temor a su complejidad. Dejemos los sentimentalismos, que al fin y al cabo nos alejan aun más de la realidad a la que supuestamente queremos acercarnos. Abrámonos al amor del prójimo, al afecto, al roce de la piel. Fomentemos el amor a nuestros cuerpos, que muchas veces quedan sesgados como objetos muertos en las abstracciones, en las preocupaciones, en los miedos, en las defensas de nuestras seguridades. Dios nos regaló un cuerpo para movernos, para sentir, para saber que podemos ser más de lo que somos, y con ello abrir nuestra historia hacia infinitos caminos.

Teología entre el balcón y el camino


Voy a hacer algunas descargas catárticas –y por ello desordenadas y poco académicas- sobre un tema que aparece constantemente dentro del imaginario teológico y eclesial: el cuestionamiento hacia aquellos y aquellas que hacen teología sin pertenecer a una iglesia. Una frase muy apelada para graficar esta situación es la invocación a la famosa metáfora dada por Juan A. Mackay: “hay que hacer teología desde el camino, no desde el balcón”. Ciertamente es una frase con una verdad incuestionable. El problema emerge a la hora de definir qué es uno y otro. ¿El balcón es la academia? ¿El camino es la experiencia de la comunidad de fe? Creo que necesitamos otra lectura de tales imágenes, que muchas veces utilizamos de forma facilista sin comprender experiencias humanas… experiencias sufrientes.

I

Esta última idea me parece la más sensible. Hay muchos y muchas que han pertenecido por un largo tiempo (inclusive toda su vida) a comunidades, estructuras e instituciones eclesiales, y que han salido dañadas, en lo más profundo, por prácticas asfixiantes, moralinas fundamentalistas, actos hipócritas revestidos de una bondad espiritualizada, exclusiones “en nombre de Dios”, entre muchas otras experiencias dañinas que podríamos mencionar. Aclaro para quienes se sienten amenazados y se adelanten con excusas: no me refiero a todas las iglesias. Repito: hablo de muchos y muchas, de experiencias concretas de hombres y mujeres particulares que vivieron y viven estos flagelos.

Teniendo esto en cuenta: ¿no es acaso inhumano no considerar estas heridas sangrantes de quienes hacen teología sin querer comprometerse con una comunidad eclesial concreta? ¿Por qué no pensar en la teología como un grito al cielo, en forma de deseo, de fantasía y de sueño para que las circunstancias sean distintas? ¿Es coherente exigir que el quehacer teológico esté atado a una comunidad eclesial por un romanticismo de lo que sería “una teología coherente”, sin considerar las heridas de creyentes concretos? ¿Por qué la reflexionar sobre la economía divina debe estar atada a la vivencia de un tipo de grupo de vivencia concreto?

En resumen, muchas veces juzgamos rápidamente a aquellos y aquellas que no asisten a una comunidad eclesial sin considerar las heridas de su historia, sin aceptar que sus decisiones tienen que ver con cuestiones de piel y no con una negación consciente de principios absolutos, lo cual los hace “culpables”. La iglesia tiene que ver con vivencias, relaciones y conexiones que se construyen, resignifican, mantienen y quiebran. Por ende, no podemos olvidar los vericuetos de estos sentidos tan subjetivos y profundos desde la fácil crítica desde un lugar de supuesta “coherencia”. ¿Qué tipo de sensibilidad “del camino” muestra tal actitud? Más aún, ¿por qué tenemos que atar la manifestación de Dios a “un” lugar?

II

Otro tema que emerge en esta discusión es la cuestión teoría-práctica. La acusación es ya conocida: los teólogos y teólogas son personajes que viven en la abstracción de la teoría sin ninguna experiencia concreta. Demás está decir que esta expresión representa una gran verdad, y que no sólo se relaciona con la academia –aunque dicho espacio es, tal vez, uno donde más se vivencia tal contradicción.

Pero lo que quiero resaltar es el desmedro que existe dentro de buena parte del mundillo evangélico con respecto a la tarea teórica. ¡La academia es un tipo de práctica por sí misma! ¿Por qué tanta resistencia con pensadores y pensadoras que se dediquen a construir teorías, cuestionamientos, marcos de análisis, escritos, etc.? ¿Acaso no hemos vivenciado una experiencia transformadora, que ha atravesado lo más profundo de nuestra vida y nos ha proyectado a ver la realidad de una manera totalmente distinta, al punto de cambiar de rumbo nuestros transitares, a través del trabajo de intelectuales que se han atrevido a repensar y resignificar puntos nodales de nuestra fe? ¿No es ello la irrenunciable impronta pastoral y espiritual que posee todo discurso teológico, que emerge desde la sensibilidad y se entreteje con las experiencias y necesidades del otro? Creo que existen otros elementos detrás de estas excusas que debemos analizar, más allá de las acusaciones a la “coherencia” con la práctica.

Mi indignación es aún mayor cuando escucho la constante queja sobre la falta de reflexión propia, más aún en nuestro contexto latinoamericano. Necesitamos maneras propias de pensar, de hacer teología desde nuestro contexto, de tener bibliografía propia, se dice. Pero cuando se levantan "los/las teóricos/as", salta la perdiz: “ah… ya llegó el complicado intelectual…”, y ni siquiera le dejamos hablar. Y así, seguimos usando los mismos manuales, libros, teorías importadas, que aplicamos en nuestras prácticas… ¡eclesiales y teológicas!

III

Quiero defenderme de algo de lo que ya me habrán cuestionado: no creo que se pueda hacer teología desde la lógica del soliloquio (bueno, sí se puede… pero tal vez no es la forma más rica de hacerlo). Pero me hago más preguntas: ¿es posible el aislamiento total del sujeto que teologiza? ¿No podemos pensar la relacionalidad y práctica de todo discurso desde el mismo contexto vital y cotidiano de quien construye teología? Más aún, ¿no podemos hablar de lo comunitario de la fe más allá de la visión tradicional de iglesia?

En este sentido, cuestiono esta idea de que el teólogo/a no tiene una comunidad de fe por el hecho de que no pertenezca a una iglesia concreta. Toda persona construye comunidad –y de fe- de diversas maneras, los cuales son espacios de vivencia, de práctica, de construcción de valores, de caminos, que atraviesan vitalmente sus marcos reflexivos y teóricos. Más aún, también existen innumerables alternativas para “poner en práctica” la fe, más allá de la iglesia.

IV

¿Quiero concluir que no hace falta la comunidad de fe para hacer teología? ¡No! Necesitamos de ella, pero siempre y cuando sea comunidad en el pleno sentido del término. Las vivencias, los caminos compartidos, los afectos sentidos, el impacto de la realidad, el roce de los cuerpos, son elementos centrales e inevitables para la construcción de la teología. A lo que apunto con este escrito es apelar a la sensibilidad hacia un grupo muy grande de hombres y mujeres que, por vivencias de sufrimiento y decepción con la estructura eclesial se han apartado a los márgenes de tales instancias, pero desean retroalimentar su fe y espiritualidad desde otro lado, y hacer teología desde allí.

No caigamos en los absolutismos. Estas vivencias no son de "todos/as". Por ello, debemos tener cuidado con las exclusiones y acusaciones irreflexivas que hacemos cuando no se cumplen con ciertos estándares prefabricados. Ricas voces se silencian por esta falta de sensibilidad frente a una experiencia sufriente.

De aquí que prefiero pensar en el balcón como ese lugar inamovible, insensible, que mira desde arriba, sea en la academia, la sociedad, la iglesia. Y ver el camino como un tránsito constante, usando las propias piernas y pies, compartido con amigos, amigas, hermanos, hermanas, y quien se sume a tener una experiencia mutua de amor.

Demás está decir que muchísimas iglesias no reflejan en absoluto tal soltura para permitir el caminar. Hay quienes tienen (tenemos) la bendición de pertenecer a espacios eclesiales donde predomina el amor por sobre cualquier marco institucional. Pero hay muchas y muchos que lo carecen, y de todas formas buscan a Dios, reflexionan sobre su accionar, nos impelen a repensar y nos refrescan con la sensibilidad que provoca la libertad elegida frente al sufrimiento de lo que cercena. No hay camino más rico para ver a Dios que aquel que se elige para vivir plenamente.

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Un imperfecto creyente en continua búsqueda de nuevas experiencias y universos