Pensamientos sueltos sobre las marchas en reclamo al oficialismo


Comparto algunas reflexiones al aire, poco articuladas, muchas de ellas totalmente subjetivas, sobre las marchas que se vienen realizando en Argentina en reclamo al espectro oficialista.

1. Creo que el fenómeno de las marchas es sumamente complejo para analizar desde lecturas reduccionistas y etiquetas livianamente aplicadas (gorilas, derecha, oligarquía, etc.)

2. Las marchas no son LA representación de la oposición al gobierno. Hay otros sectores, posicionamientos y narrativas que también cuestionan al oficialismo, pero que no forman parte del espectro presente en estas manifestaciones.

3. Me llama la atención que uno de los cuestionamientos que se hace a estas movilizaciones sea su falta de organización o carencia de programa político específico. No me parece un punto relevante, aunque sí creo que para lograr transformaciones concretas en el ámbito institucional deban utilizarse otras vías. Creo que ese punto olvida que en nuestra historia –especialmente desde la crisis del 2001- hubieron momentos bisagra, que no han requerido de tal instancia. Más aún, fueron fenómenos sociales necesarios, no organizados, que evidenciaron un sentir y un clima, y que posteriormente terminaron en cambios políticos sumamente profundos. Tampoco caería en leer todo desde lo “espontáneo”. Existen suficientes redes formales e informales a través de las cuales estas convocatorias se articulan. El rol de los partidos opositores en esta última marcha -18A- fue central.

4. El oficialismo no puede continuar resistiendo y minimizando el impacto de estas manifestaciones. Se puede estar desacuerdo en muchas de las banderas presentes en ellas, pero de todas formas son espacios que articulan sentires, perspectivas y resistencias, que toman matices más profundos al ampliarlas hacia el campo social extenso. Hay reclamos, dudas, preguntas, críticas, que son necesarias de escuchar ya que no existe poder político perfecto. La recepción de reclamos y la flexibilización de posicionamientos son señales de madurez, no debilidad.

5. Como mencioné anteriormente, decir que esta manifestación en su totalidad es de “la derecha” es un reduccionismo. Pero no lo es decir que los espectros más duros de la derecha sí forman parte de estas marchas. La presencia de slogans como “no al socialismo”, “basta de la dictadura marxista”, entre otros, o la convocatoria que hacen grupos de extrema derecha católica (quienes desplegaron banderas del Vaticano por doquier) y defensores de la dictadura militar, no son detalles menores para realizar una evaluación de los sucesos. ¿Por qué estos sectores se sienten tan a gusto en estos eventos?

6. Con respecto a esto, me causa temor la banalización que existe de ciertos temas, perspectivas o acontecimientos históricos. Más allá de las tensiones existentes, los personalismos, los hermetismos por parte del oficialismo, hay temas que tienden a exagerarse (más allá de que es difícil cuestionar esto teniendo en cuenta los sentimientos de las personas) y que le quitan el peso significativo que realmente han tenido, tienen y pueden llegar a tener en un futuro. Utilizar categorías como totalitarismo, dictadura, carencia total de democracia, caos, entre otros, son extremos que radicalizan posiciones y no dan cuenta de lo que sucede, sabiendo lo que históricamente ellas representan. Repito: no se puede dejar de lado lo que la gente “siente” (el afecto es parte de lo político, algo que los partidos tienden a olvidar), pero ello implica también la existencia de un estado a partir del cual se utilizan irreflexivamente categorizaciones que deben relativizarse –en su significación- desde dicha situación. Aunque también muchos de sus usos no son por simple reacción de piel sino por un manejo conscientemente ideológico, lo cual lo torna más peligroso aún (como el discurso de “Lilita” Carrió en el Senado el día de ayer -18/4/13-, usando a la noción de totalitarismo de Hannah Arendt y diciendo que Ernesto Laclau y Chantal Mouffe –“ideólogos del kirchnerismo”- se apoyan en el nazismo de Carl Schmitt; nada más lejos de la realidad, lo cual refleja el uso de su posición de poder para legitimarse desde una maniobra intelectual falaz, que obviamente pocos de los presentes cuestionarían)

7. La “geografía” de la marcha no me parece menor. Y aquí, tal vez, me refiero más a Capital Federal. Que el grupo de la oposición haya decidido comenzar la peregrinación en Santa Fe y Callao no es una elección para pormenorizar. Los puntos más importantes de concentración también hablan de la naturaleza (repito: no en su totalidad) de ciertas características de estas manifestaciones.

8. En este sentido, más allá de esta complejidad esgrimida, no me parece erróneo decir que los grupos sociales presentes en estas manifestaciones también son, mayoritariamente, específicos; o sea, de clase media, media-alta y alta. La presencia de otros sectores –especialmente populares (con toda la complejidad que implican)- es mucho menor. Y la lectura que muchos/as de los manifestantes hacen de este fenómeno –o sea, que ello se debe al hecho de que “el gobierno los mantiene”- me parece totalmente errónea y malintencionada.

9. ¿Por qué no existieron estas movilizaciones en la década de los ’90, cuando las condiciones sociales y económicas eran muchísimo peores que la actual? ¿Por qué no se cuestionó la parcialidad de la Corte Suprema, la ausencia del Estado, la masiva privatización económica, el aumento de la deuda externa, la evidente corrupción (donde era de público conocimiento la persecución -o asesinato- de los periodistas que lo investigaban), la precarización laboral, los despidos masivos, etc.? ¿Dónde estaba la clase media y alta entonces? ¿Debemos olvidarnos del tiempo de las grandes marchas piqueteras, que reclamaban por situaciones de mayor desgaste social que hoy, donde las clases medias y altas mostraban su resistencia por “molestar el paso de los trabajadores”? Desde esta perspectiva, creo que muchos de los juicios que se esgrimen y las dinámicas que se crean requieren ser relativizadas, o al menos analizadas con mayor detenimiento.

10. Los antagonismos sociales no son el problema; todo lo contrario. Sin conflicto no hay movilidad social. Pero el riesgo sí se deposita en el anquilosamiento de las partes que conforman dicho espacio de tensión. Tanto al oficialismo como a la oposición y –principalmente- a la ciudadanía, nos hace falta pensar e imaginar en clave de complejidad, diversidad, pluralismo y diálogo. Pero no un diálogo romántico y naive sin tensión alguna. Por el contrario, implica la construcción de un espacio donde somos adversarios, pero no enemigos. Donde el punto nodal de discusión se deposita en la resolución de una demanda social y no en la legitimación de un posicionamiento concreto como medio en sí mismo.

Presentación del libro “Hacia una teología del sujeto político”, de Nicolás Panotto


Por Néstor Míguez

La teología siempre se ha construido en diálogo con otros saberes. En muchos casos esos acompañantes en la búsqueda para mejor comprender el mensaje divino le fueron dictando sus temáticas, imponiendo sus agendas, estableciendo los pisos cognitivos o los paradigmas que nutrieron el discurso teológico. Si bien la teología finalmente depende de la Palabra divina, como respuesta humana a esa palabra está ligada a las posibilidades de comprensión y expresión que le brinda cada cultura, cada circunstancia histórica. Es el precio que Dios voluntariamente paga por la encarnación, por llegarse a los seres humanos en nuestra realidad y debilidad, para encontrarnos allí donde estamos y ofrecernos caminos de salvación. Por el contrario, cuando la teología quiso tomar vuelo y generar una elucubración puramente divina, un lenguaje propio y ahondarse en el terreno de la especulación angélica, o, directamente combatir el saber humano y la búsqueda científica, no solo no lo consiguió sino que se tornó irrelevante, evasiva. Lo cual no significa que algunas de estas teologías no conozcan un éxito relativo durante un cierto tiempo, o que hayan perdurado encubriendo, en realidad, con su discurso ultramundano, intereses muy mundanos o poderosas institucionalidades religiosas.

Pero en ese ida y vuelta entre Palabra de Dios y palabra de hombres, en ese interesarse por los saberes y diagnósticos de realidad, la teología no solo se vale de lo que la ciencia y el conocimiento pone a su disposición, sino que desde algún ángulo también lo cuestiona, critica, lo desafía desde la perspectiva que le brinda su compromiso con lo trascendente que se allega a la inmanencia humana. Y a veces en esa esgrima de los saberes aún se adelanta a preguntas y cuestiones, a miradas y puntos de visión que juegan desde un espacio donde también la revelación divina alienta nuevas esperanzas e imágenes, imaginaciones de lo otro posible. Y el creyente, que es también el teólogo, y el teólogo, que es también el creyente, se atreve a desafiar el inmovilismo y se hace sujeto de cambio, agente y anunciador de la realidad por venir. Y así genera también elementos para nuevos paradigmas epistémicos, para dar nueva relevancia y pertinencia a la palabra que proclama.

En ese “juego de abalorios”, como lo llamaría R. Alves, algunos teólogos se plantean preguntas e hipótesis que se anticipan a las inquietudes que luego invadirán también las mentes y los libros de filósofos, antropólogos, cientistas sociales, como se les da por llamar hoy. Es el caso de algunos de los planteamientos de Juan Luis Segundo, que en la década de los ochenta y primeros años de los noventa del siglo pasado aporta visiones que hoy se hacen presente con más fuerza. Eso es lo que ha ido descubriendo Nicolás en el trabajo que hoy nos presenta.

Me tocó acompañarlo en esa búsqueda, y vale la pena historiar algo de ello. El planteo inicial fue el querer hacer dialogar algunos de los filósofos políticos “post” (posestructuralistas, posmarxistas, posmodernos, poscoloniales o los muchos matices post que han surgido últimamente) con la teología latinoamericana, para ver cómo esos nuevos aires desafiaban a renovarse al pensamiento teológico. Finalmente, de la multitud de postulantes que se presentaron por el lado de las filosofías, y tras una revisión de las principales tendencias, Panotto se queda con Badiou y Laclau, con las temáticas del acontecimiento y del sujeto como puntos fuertes para nuestro debate. Por el otro será Segundo el teólogo elegido para contrastar.  Combate desigual, porque mientras los primeros están aún en actividad, Juan Luis hace ya quince años que nos ha dejado. Las obras iniciales de los filósofos aparecen en las postrimerías de la producción del teólogo, y este, si las conoce, no las cita.

Pero, para nuestra sorpresa, al releer a Segundo desde esta perspectiva, vimos que había adelantado en el camino, y si bien con otro lenguaje, muchas de las consideraciones “post” ya habían sido abordadas por nuestro teólogo. Recuerdo en una de las conversaciones con Nicolás donde me expresó su sorpresa al ver que los textos de Segundo se mostraban más flexibles y permeables, incluso anticipatorios, a los planteos de autores de tratados filosóficos contemporáneos, mucha más abierto que muchos de los colegas que aún están produciendo. Yo mismo, que sin jactarme de ser un “Segundólogo” utilizo muchos de sus textos para mis cursos, descubrí matices y abordajes que se me habían pasado por alto anteriormente. La tarea se hizo más interesante.

En fin, este diálogo lleva a considerar a Segundo como un autor sumamente actual, a revalorar sus aportes y vincularlo con las problemáticas que plantea esta posmodernidad discursiva. Y este es el trabajo que se da Panotto en este libro, que recupera los hallazgos de su tesis de Licenciatura. En su exposición nos ofrece primero un recorrido por las escuelas que antecedieron a los planteos “post” y nos brinda su visión de los dos autores elegidos para oficiar de interlocutores, Badiou y Laclau, uno francés, el otro argentino. Luego, a la luz de estas inquietudes, relee Segundo y nos brinda un panorama que no cae en la tentación de hacer del teólogo un “post” avant la lettre, pero si alguien que vio y afrontó las dificultades que surgían de un paradigma teológico demasiado rígido, dependiente en exceso de ciertas corrientes epistemológicas de la modernidad “progresista” o “revolucionaria”.

Pero no solo en esta aproximación a la obra de Segundo reside el valor de este texto, sino en que, a partir de allí, insinúa caminos de reflexión y de acción que una nueva generación de teólogos latinoamericanos comprometidos con la suerte de nuestros pueblos deberá abrir y recorrer. Por ello este libro es, en si mismo, un logro, pero a la vez un desafío y un compromiso a lo que aún nos espera.

Néstor Míguez
Buenos Aires, abril de 2011

Datos bibliográficos: Nicolás Panotto, Hacia una teología del sujeto político. La relación libertad-fe-ideología en Juan Luis Segundo desde una perspectiva posestructuralista, UNA, San José, 2013

Política “a la Francisco”



Muchas veces me pregunto si las estructuras políticas institucionales (sea el Estado o un partido) pueden sobrevivir sin personalismos, sean éstas de corte neoliberal o populista (con las grandes diferencias en cada caso sobre el lugar que posee la figura del líder). En muchos sentidos creo que no. Pero sí creo que, como ciudadanos/as, debemos aprender a ver “lo político” más allá de estas dinámicas propias de la burocracia. Muchas veces nos dejamos cooptar por la simulación de la supuesta hegemonía avasallante de estas formas, cuando en realidad tenemos todos los medios a nuestra disposición para construir miradas y prácticas alternativas, y desde ellas socavar -inclusive- los supuestos “grandes relatos” desde los cuales la política institucional, inevitablemente, intenta sobrevivir. Más aún, paradójicamente, dichos medios son, en muchos casos, facilitados por estas mismas estructuras.

En este contexto, sería bueno que apliquemos como abordaje político los tipos de lectura que se han hecho durante estos días sobre el lugar de Francisco: más allá de la complejidad de su figura (donde se han reconocido tanto sus valores como flaquezas y oscuridades, pero por sobre todo se ha mantenido cautela sobre su juicio), se ha promovido con cierta apertura su impacto e influencia reales dentro de la estructura católica, la cual es compleja y heterogénea. En otras palabras, la influencia de Francisco no se ha centrado sólo en su investidura o historia personal sino en las nuevas dinámicas que se gestarán desde la acción de todo el pueblo católico a partir de sus gestos de cambio, los cuales serán inevitables (reconociendo, inclusive, que éstos pueden ser genuinos, políticos o por obligación).

Me pregunto: ¿no podríamos aplicar esta misma lectura a varios de los esquemas políticos latinoamericanos contemporáneos, para superar ciertos clichés que, al final, terminan restando poder a las oportunidades políticas reales que hay en nuestros contextos desde la acción concreta de los sujetos, organizaciones y grupos en nuestras sociedades? ¿Por qué tenemos mayor apertura con lo que sucederá en el Vaticano o en las estructuras católicas –con toda su estructuración jerárquica y segregante, su teología conservadora y dogmática, sus manchas negras en la historia-, y con la figura del nuevo Papa –posición endiosada y personalista, si la hay-, que con lo que transcurre con algunos esquemas y dinámicas políticos en nuestro continente (los cuales se describen casi con el mismo tono y percepción)?

Tal vez es más fácil creer en el lugar de los sujetos creyentes y el impacto de su acción en el medio, por el poder que tiene la fe, por el lugar de la gracia divina como elemento constitutivo de nuestra existencia –la cual nos exonera de toda clausura-, así como por la misma noción de trascendencia, donde lo divino y la fe siempre superan cualquier marco (dogmático, religioso, social, político, cultural), llevándonos a un “siempre más” (Ellacuría), desde la promesa escatológica que atraviesa y abre nuestra historia a rumbos utópicos.

Sería bueno que apliquemos esta misma fe y gracia a las dinámicas socio-políticas, dando mayor énfasis al lugar real que poseen los sujetos, las personas y los grupos que componen nuestras sociedades, quienes en su acción concreta siempre van más allá de toda estructura y personalismo. Lo político no se juega sólo en el lugar que posee un líder, en la sutura de una estructura o en mecánicas burocráticas. Estas figuras existen, son reales, pero no son el fin.

El poder es una instancia con distintas caras que circula entre la pluralidad de sujetos que componen un pueblo, no un objeto en manos de un personaje único. Por ello, tengamos fe en las personas, en las acciones que se crean entre las fisuras que se abren en todo contexto, y veamos con los lentes de la gracia –entendida como aquella instancia que nos permite ser siempre distintos y nunca quedar “condenados” a ninguna culpa o atadura- a los procesos que viven nuestros contextos… así como flexible y comprensivamente lo hemos hecho con la figura de Francisco en relación al pueblo católico.
   
Debatiendo con un colega al respecto, me dice: “así como el dogma me exonera del debate, de manera similar la voluntad divina para lo público me exonera de la construcción social del sujeto”. Sabemos que no existe tal “voluntad divina” –comprendida como mandato único en manos de una persona o institución- con respecto a las dinámicas socio-políticas. Incluso a pesar de los personalismos, que por momentos tienden a apelar a dichas lógicas. Ello no será más que una ficción, como dijimos, para sobrevivir a las tensiones inherentes entre las estructuras burocráticas y las reales e innumerables dinámicas sociales que se mantienen en constante movimiento en todo espacio social. Como sujetos nos vamos construyendo en el camino de los incontables procesos que nos rodean. Ese es el nombre de lo político, la inscripción de todo pueblo. Tengamos fe en sus sorpresas.

Francisco, la gran paradoja



Por Nicolás Panotto

Sorpresa mundial: tenemos nuevo Papa y es latinoamericano. Esta sola afirmación levantó inmediatamente todo tipo de sentimientos. ¿Por fin llega el cambio tan esperado? ¿La iglesia católica romana optó finalmente por la reforma? Fue interesante ver cómo las circunstancias de esta elección –al menos desde lo que parecía en una primera instancia- despertaron todo tipo de esperanzas, sueños, deseos e imaginarios.

Lamentablemente mi reacción –así como la de muchos y muchas en nuestra tierra argentina (por supuesto, cada quien con sus matices)- distó de ser esperanzadora. Mi respuesta fue inmediata: “la iglesia quiere seguir en la misma de siempre”. Bergoglio nunca fue un personaje de mi agrado, hace ya mucho tiempo. Es un representante más del conservadurismo religioso católico, de cerviz rígida y firme, ligado a actores de la sociedad argentina críticos a toda idea progresista, pero con mucho alcance con la gente. Pero vayamos por parte.

Mucho se ha hablado de su vinculación con la dictadura. Hay quienes tratan de matizar el asunto, apelando –por ejemplo- a una afirmación (en cierta medida sacada de contexto) del Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, quien asevera que no se puede comparar el caso de Bergoglio con la participación más activa que sí tuvieron otros obispos en aquella época. El reconocido teólogo Leonardo Boff también ha opinado en la misma línea. Pero la realidad es que queda aún impune el caso de Orlando Yorio y Francisco Jalic, dos jesuitas que fueron secuestrados por la dictadura militar argentina en 1976, hecho por lo cual se acusa a Bergoglio -en ese momento superior provincial- de haberlos desprotegido, y así facilitado su entrega. También la vinculación con la desaparición de otros/as religiosos/as y la entrega de bebes nacidos en clandestinidad, cuestión que Bergoglio negó rotundamente diciendo que la iglesia lo desconocía, cuando hace poco tiempo atrás salieron a la luz pruebas que afirman totalmente lo contrario.

Ahora, ¿se puede matizar la relación de Bergoglio con la dictadura militar por la comparación con otros casos dentro de la iglesia y su actuación en los ’70? No lo creo. Para hablar de este tema, hay que realizar una mirada más amplia que nos traiga hasta nuestros días. En Argentina, los juicios contra la dictadura se han realizado en los últimos 10 años. ¿Cuál ha sido el posicionamiento de Bergoglio? El oficiado por la institución católica: evasión, silencio y negación. Nunca hubo por parte de la iglesia –donde Bergoglio fue uno de sus principales líderes- un mea culpa o reconocimiento al respecto. Para mí, eso es suficiente vinculación y habla, también, del concepto de derechos humanos del Pontífice.

Luego nos podemos adentrar a otros temas, como su llamado a una “guerra de Dios” cuando se analizaba en Argentina la ley de matrimonio igualitario. “No se trata de una simple cuestión política sino de la pretensión de destruir el plan de Dios”. Afirmación totalitaria, si la hay. Obvio, todo esto en consonancia con la defensa de la “familia” (lo pongo entre comillas porque es una idea muy específica sobre su composición, obviamente) Sí, me podrán decir: ¿esperás otra opinión de los representantes de la iglesia católica al respecto? La verdad que no. Pero no olvidemos este detalle no menor a la hora de hablar de “los aires de reforma” que trae consigo este Papa.

Ahora, también tenemos la otra cara de la moneda. Una persona muy carismática, inteligente, con gran acercamiento y llegada a la gente. Más allá de su conservadurismo, ha sido férreo oponente a sectores de ultra-derecha en el país, llegando a interceder frente a Juan Pablo II para que tome cartas en el asunto. Se lo conoce por su austeridad y por movilizarse en la ciudad a través del transporte público (cosa que, por supuesto, podría ser tomado también como una nota pintoresca de color) Ha realizado grandes campañas en contra de la Trata, congregando grupos militantes y de víctimas en instancias litúrgicas. Su trabajo entre las villas de Buenos Aires es muy reconocido. Es, como se dice, una persona con calle. Se sabe que invita a sus estudiantes a recorrer y trabajar entre los sectores populares. El grupo de “curas villeros” fue, en buena medida, movilizado por él.

(Aunque permítanme aquí otra nota: esto no es, naturalmente, garantía de una conciencia crítica a nivel social o político. Bergoglio es jesuita, pero acunado en una escuela conservadora y tradicional, cuya visión social es sumamente asistencialista. Tengamos cuidado en sobredimensionar este elemento)

Es interesante ver las narrativas de experiencias particulares que surgen en este tiempo. Por un lado, una persona vinculada a los jesuitas me escribió expresándome la gran resistencia que existe en su grupo con Bergoglio y las tensiones que tuvieron con su conservadurismo durante el trabajo en Argentina. Por otro lado, también pude acceder a relatos de personas que compartieron con este religioso momentos de diálogo y cofradía, en donde resaltan su calidez, sensibilidad pastoral y buena persona.

En síntesis, podríamos decir que la persona del Papa Francisco se presenta como una gran paradoja. Los matices y énfasis de esta condición las daremos según nuestro lugar, deseo y opinión. Mirando este breviario, ninguna de las características descritas dista de tener importancia a la hora de vincularlas con su rol papal y la nueva coyuntura que se abre en el Vaticano y la iglesia en general.

La gran pregunta: ¿habrá cambios? Yo creo que sí, pero en temas no sensibles y fundamentales. Creo que Francisco es consciente de la crisis de la iglesia, por lo cual la pertinencia de la institución dependerá de la concreción de cambios urgentes, aunque no serán a nivel estructural o profundo. Se despertarán sensibilidades, y algunos temas olvidados y necesarios volverán a la agenda. Seguramente se efectivizarán “gestos” que aumenten la credibilidad del pueblo creyente (tal como la aparición en la Plaza sin vestiduras ostentosas, pidiendo la bendición de la gente presente)

Algunos/as nos preguntamos si la figura de Francisco será como la de un Juan Pablo II en versión latinoamericana. Tal vez es una declaración fuera de lugar. Pero mucho parece apuntar al hecho de que será un personaje políticamente correcto, con atisbos de flexibilidad y algunos gestos que lleguen al pueblo. Pero más allá de eso, se mantendrá firme en la ortodoxia, abogando por la defensa de la institución, especialmente en tiempos de fuerte crisis como en los días que corren.

Pero por sobre todo, me niego a las lecturas reduccionistas que hacen una vinculación directa entre una persona con una posición de liderazgo y una serie de efectos inevitables que cause su presencia o acción en un grupo o institución. No creo que las dinámicas de poder sean lineales o unidireccionales, sino procesos con circulaciones complejas y sorpresivas. La iglesia católica es un espacio sumamente heterogéneo, donde conviven todo tipo de expresiones, voces y prácticas, muchas de ellas articuladas y otras en completa tensión y antagonismo. “Lo católico” no es un campo homogéneo y unificado; por el contrario, es un trazo multicolor difícil de encuadrar.

La asignación de Francisco hay que ubicarla en esta dinámica más amplia, proyectando sus acciones y cambios no sólo desde una mirada unidireccional –lo que él haga desde su investidura- sino también desde cómo el pueblo católico reapropiará y articulará, de las maneras más diversas, los nuevos espacios que se construyan, por más pequeños que sean, a partir de los cambios que desarrolle. Con un poco de esperanza, podríamos decir que, desde aquí, tal vez surjan cambios inesperados, ya que así son las acciones de los sujetos.

Todos y todas tenemos el deseo de que se produzcan cambios. Pero al ver la figura del nuevo Papa, el escenario no parece prometedor más allá de ciertos gestos, que sí, no dejan de ser menores, pero no van a lo profundo de la crisis en la iglesia católica. Crisis –no olvidemos- que tiene efectos más allá del Vaticano y la iglesia católica, proyectándose en la situación social, económica, política y religiosa de personas, grupos y países en otras latitudes. Personalmente, sigo creyendo en el pueblo católico, especialmente en las personas y espacios que abogan por una reforma real. Espero que, en esta nueva coyuntura y desde los posibles (e inevitables) cambios que se den, se aprovechen las brechas que se abran, por más pequeñas que sean, para lograr transformaciones que vayan más allá de lo superficial, y de la misma figura de Francisco.


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