Comparto algunas reflexiones al aire, poco articuladas, muchas de ellas totalmente subjetivas, sobre las marchas que se vienen realizando en Argentina en reclamo al espectro oficialista.
1. Creo que el fenómeno de las marchas es sumamente complejo para analizar desde lecturas reduccionistas y etiquetas livianamente aplicadas (gorilas, derecha, oligarquía, etc.)
2. Las marchas no son LA representación de la oposición al gobierno. Hay otros sectores, posicionamientos y narrativas que también cuestionan al oficialismo, pero que no forman parte del espectro presente en estas manifestaciones.
3. Me llama la atención que uno de los cuestionamientos que se hace a estas movilizaciones sea su falta de organización o carencia de programa político específico. No me parece un punto relevante, aunque sí creo que para lograr transformaciones concretas en el ámbito institucional deban utilizarse otras vías. Creo que ese punto olvida que en nuestra historia –especialmente desde la crisis del 2001- hubieron momentos bisagra, que no han requerido de tal instancia. Más aún, fueron fenómenos sociales necesarios, no organizados, que evidenciaron un sentir y un clima, y que posteriormente terminaron en cambios políticos sumamente profundos. Tampoco caería en leer todo desde lo “espontáneo”. Existen suficientes redes formales e informales a través de las cuales estas convocatorias se articulan. El rol de los partidos opositores en esta última marcha -18A- fue central.
4. El oficialismo no puede continuar resistiendo y minimizando el impacto de estas manifestaciones. Se puede estar desacuerdo en muchas de las banderas presentes en ellas, pero de todas formas son espacios que articulan sentires, perspectivas y resistencias, que toman matices más profundos al ampliarlas hacia el campo social extenso. Hay reclamos, dudas, preguntas, críticas, que son necesarias de escuchar ya que no existe poder político perfecto. La recepción de reclamos y la flexibilización de posicionamientos son señales de madurez, no debilidad.
5. Como mencioné anteriormente, decir que esta manifestación en su totalidad es de “la derecha” es un reduccionismo. Pero no lo es decir que los espectros más duros de la derecha sí forman parte de estas marchas. La presencia de slogans como “no al socialismo”, “basta de la dictadura marxista”, entre otros, o la convocatoria que hacen grupos de extrema derecha católica (quienes desplegaron banderas del Vaticano por doquier) y defensores de la dictadura militar, no son detalles menores para realizar una evaluación de los sucesos. ¿Por qué estos sectores se sienten tan a gusto en estos eventos?
6. Con respecto a esto, me causa temor la banalización que existe de ciertos temas, perspectivas o acontecimientos históricos. Más allá de las tensiones existentes, los personalismos, los hermetismos por parte del oficialismo, hay temas que tienden a exagerarse (más allá de que es difícil cuestionar esto teniendo en cuenta los sentimientos de las personas) y que le quitan el peso significativo que realmente han tenido, tienen y pueden llegar a tener en un futuro. Utilizar categorías como totalitarismo, dictadura, carencia total de democracia, caos, entre otros, son extremos que radicalizan posiciones y no dan cuenta de lo que sucede, sabiendo lo que históricamente ellas representan. Repito: no se puede dejar de lado lo que la gente “siente” (el afecto es parte de lo político, algo que los partidos tienden a olvidar), pero ello implica también la existencia de un estado a partir del cual se utilizan irreflexivamente categorizaciones que deben relativizarse –en su significación- desde dicha situación. Aunque también muchos de sus usos no son por simple reacción de piel sino por un manejo conscientemente ideológico, lo cual lo torna más peligroso aún (como el discurso de “Lilita” Carrió en el Senado el día de ayer -18/4/13-, usando a la noción de totalitarismo de Hannah Arendt y diciendo que Ernesto Laclau y Chantal Mouffe –“ideólogos del kirchnerismo”- se apoyan en el nazismo de Carl Schmitt; nada más lejos de la realidad, lo cual refleja el uso de su posición de poder para legitimarse desde una maniobra intelectual falaz, que obviamente pocos de los presentes cuestionarían)
7. La “geografía” de la marcha no me parece menor. Y aquí, tal vez, me refiero más a Capital Federal. Que el grupo de la oposición haya decidido comenzar la peregrinación en Santa Fe y Callao no es una elección para pormenorizar. Los puntos más importantes de concentración también hablan de la naturaleza (repito: no en su totalidad) de ciertas características de estas manifestaciones.
8. En este sentido, más allá de esta complejidad esgrimida, no me parece erróneo decir que los grupos sociales presentes en estas manifestaciones también son, mayoritariamente, específicos; o sea, de clase media, media-alta y alta. La presencia de otros sectores –especialmente populares (con toda la complejidad que implican)- es mucho menor. Y la lectura que muchos/as de los manifestantes hacen de este fenómeno –o sea, que ello se debe al hecho de que “el gobierno los mantiene”- me parece totalmente errónea y malintencionada.
9. ¿Por qué no existieron estas movilizaciones en la década de los ’90, cuando las condiciones sociales y económicas eran muchísimo peores que la actual? ¿Por qué no se cuestionó la parcialidad de la Corte Suprema, la ausencia del Estado, la masiva privatización económica, el aumento de la deuda externa, la evidente corrupción (donde era de público conocimiento la persecución -o asesinato- de los periodistas que lo investigaban), la precarización laboral, los despidos masivos, etc.? ¿Dónde estaba la clase media y alta entonces? ¿Debemos olvidarnos del tiempo de las grandes marchas piqueteras, que reclamaban por situaciones de mayor desgaste social que hoy, donde las clases medias y altas mostraban su resistencia por “molestar el paso de los trabajadores”? Desde esta perspectiva, creo que muchos de los juicios que se esgrimen y las dinámicas que se crean requieren ser relativizadas, o al menos analizadas con mayor detenimiento.
10. Los antagonismos sociales no son el problema; todo lo contrario. Sin conflicto no hay movilidad social. Pero el riesgo sí se deposita en el anquilosamiento de las partes que conforman dicho espacio de tensión. Tanto al oficialismo como a la oposición y –principalmente- a la ciudadanía, nos hace falta pensar e imaginar en clave de complejidad, diversidad, pluralismo y diálogo. Pero no un diálogo romántico y naive sin tensión alguna. Por el contrario, implica la construcción de un espacio donde somos adversarios, pero no enemigos. Donde el punto nodal de discusión se deposita en la resolución de una demanda social y no en la legitimación de un posicionamiento concreto como medio en sí mismo.




